Cuando la vida se vuelve performance
Vanessa Graells | El Mundo

Como si fuera la mítica Factory de Andy Warhol. En la Nau Estruch de Sabadell puede suceder cualquier cosa, lo que se les ocurra a sus artistas. El nuevo y efimero inquilino del espacio, Lluís Alaben, viste de negro (aunque no tiene muy claro si se quitará la ropa a la hora de montar su performance) y luce unos guantes blancos de algodón. Siempre lleva un par consigo. No es que tenga complejo de Michael Jackson: Alaben es uno de los pioneros del art-handler en España y dirige el departamento de Movimiento y Manipulación de Obras de Arte del Museu Nacional d’Art de Catalunya (Mnac). Pero antes de eso (y de adentrarse en la senda del tao), a finales de los 80, Lluís era un joven impetuoso que sólo aspiraba a ser artista y a conquistar el éxito. Desde entonces ha hecho de su vida una performance.
Alabern es uno de los performers clásicos. Después de abandonar Arquitectura para estudiar Bellas Artes (y desatar un drama familiar), se lanzó a montar acciones en la Fundació Tápies, la sala Metrónom y Arco. De la mano de Oscar Abril Ascaso, flamante comisario de la Nau Estruch, Alabern vuelve al ruedo perforrnántico con una partida de póker al descubierto en la que las cartas son sus experiencias más íntimas. Sólo la Nau Estruch, un laboratorio de artes plásticas, podía acoger un experimento así. «Éste es un lugar de convergencia de creadores que vienen de diferentes ámbitos pero que trabajan e investigan las prácticas performánticas. Es el único espacio estable de España dedicado a la performance», afirma Abril Ascaso, que desde enero ha especializado La Nau en el mundo performántico.
Ayer mismo, Alaben estrenaba su proyecto Humus. Él mismo se pone en la piel de un detective que investiga al sospechoso de turno y ha colgado en la pared un mosaico de su propia vida y obra, fragmentado en recortes, notas, dibujos, imágenes del pasado, páginas de cómic, mitos cinematográficos e, incluso, un proyecto de tatuaje. Como el protagonista de Sospechosos habituales (la obra magna de Bryan Singer), el artista se sometió al interrogatorio del público delante del mural de su vida, usando su propia intimidad como material artístico. «He descubierto que lo que me pasa a mí, le sucede a casi todo el mundo. Podemos mostrarnos porque nuestra intimidad es el espejo en el que los demás se ven reflejados», reconoce. Una revelación que tuvo como vidente aficionado, porque Alaben diseñó una baraja del Tarot con sus propias experiencias vitales representando a los arcanos. «Salían cosas asombrosas. Había gente que de verdad creía que yo era vidente. Pero en realidad es muy fácil», cuenta.
«Hay que buscar un arte de la levedad, un arte sin ruido ni estridencias, quieto, casi mudo, en blanco y negro», señala Alabern, una máxima que ha aprendido con el tiempo y la filosofía oriental. Alaben desafía la muerte anunciada e intrínseca a cualquier performance, actos ligados al aquí y ahora, en un su blog Performance con P de perdedor, donde documenta a modo de novela la exposición en Estruch. No es lo único que escribe: ahora anda en busca de editor para su libro “La trastienda del arte”, donde explica las vicisitudes del backstage de los museos.